La inteligencia artificial ya no entra únicamente en las habitaciones de niños y adolescentes para ayudarles con un ejercicio, resumir un texto o preparar una presentación. También escucha problemas personales, aconseja sobre relaciones y participa en decisiones que pueden afectar a su vida cotidiana.
En España, el 14 % de los menores de entre 10 y 13 años consulta asuntos personales con herramientas de IA y el mismo porcentaje afirma utilizarlas para tomar decisiones sobre temas importantes. Entre los adolescentes de 14 a 17 años, un 23 % recurre a ellas en busca de consejo y el 16,5 % reconoce que influyen en sus decisiones, según el estudio sobre el uso de la inteligencia artificial generativa entre la adolescencia y la juventud española elaborado por Mayansi.
Las claves de las IA de compañía en 20 segundos
- Mantienen conversaciones continuadas y recuerdan información de sesiones anteriores.
- Pueden presentarse como amigos, parejas virtuales, confidentes o personajes ficticios.
- Su disponibilidad permanente y su tono comprensivo favorecen la confianza.
- Algunas tienden a validar al usuario en lugar de cuestionar sus decisiones.
- Los menores pueden compartir información íntima creyendo que hablan en un entorno privado.
- No son psicólogos, orientadores ni profesionales sanitarios.
- Sus respuestas pueden incluir errores, contenidos sexuales o consejos peligrosos.
- Una edad mínima declarada no sirve de mucho sin mecanismos eficaces de comprobación.
- China está preparando reglas estrictas, pero no ha aprobado una prohibición general de estas aplicaciones.
- El Parlamento Europeo ha pedido limitar su acceso a menores, aunque su resolución no tiene carácter vinculante.
Las llamadas IA de compañía se diferencian de los asistentes convencionales en su propósito. Un asistente responde preguntas o ayuda a completar tareas. Un compañero virtual intenta construir una relación duradera, recuerda conversaciones, adapta su personalidad y anima al usuario a volver.
Aplicaciones como Character.AI, Replika, Nomi, Kindroid o Paradot permiten crear personajes con una voz, una historia y unos rasgos determinados. Algunos pueden actuar como amigos; otros adoptan papeles románticos, familiares o de apoyo emocional. También hay sistemas de propósito general que, aunque no hayan nacido como aplicaciones de compañía, pueden terminar desempeñando esa función cuando el usuario conversa con ellos durante mucho tiempo.
Por qué un adolescente puede confiar en una máquina
Una IA de compañía siempre está disponible. No se cansa, no tiene prisa, no cambia de tema y raramente rechaza una conversación. Puede responder de madrugada, recordar una inseguridad mencionada días antes y adaptar su lenguaje al estado de ánimo del usuario.
Estas características pueden resultar atractivas en una etapa en la que encajar, sentirse escuchado o hablar de ciertos problemas no siempre es sencillo. Un adolescente puede contarle a un chatbot algo que le avergüenza reconocer ante sus padres, sus profesores o sus amigos porque sabe que no verá una expresión de sorpresa o desaprobación al otro lado de la pantalla.
El problema es que la ausencia de juicio puede confundirse con comprensión. El sistema no siente empatía ni conoce realmente a la persona. Genera la respuesta que considera más adecuada a partir de patrones lingüísticos, instrucciones de diseño y datos anteriores.
Muchas de estas aplicaciones están construidas para prolongar la interacción. Pueden utilizar mensajes afectuosos, recordatorios, recompensas, avatares atractivos o referencias a conversaciones pasadas. También pueden tender a dar la razón al usuario, una conducta conocida como complacencia algorítmica, incluso cuando sería más conveniente plantear dudas o frenar una decisión.
Como explica María Lázaro, CEO y cofundadora de Mayansi, en un artículo publicado en Movimiento Azul de Movistar, estas herramientas pueden simular intimidad emocional hasta difuminar para algunos menores la separación entre una conversación generada por software y una relación humana.
La personalización aumenta esa sensación. Un chatbot puede aprender qué música escucha el joven, qué compañeros le caen mal o cuándo se siente solo. Cada nuevo dato permite que la siguiente respuesta parezca más cercana.
Pero recordar no significa comprender. La aplicación puede recuperar una frase anterior y utilizarla en el momento oportuno sin saber qué consecuencias tendrá sobre la persona que la recibe.
Cuando la conversación empieza a sustituir a las relaciones reales
El estudio de Common Sense Media sobre adolescentes estadounidenses muestra hasta qué punto se ha extendido este fenómeno. El 72 % de los jóvenes de entre 13 y 17 años encuestados había probado alguna IA de compañía y un 52 % la utilizaba al menos varias veces al mes.
Un 31 % consideraba que las conversaciones con estos sistemas eran tan satisfactorias o más que las mantenidas con amigos reales. Entre quienes los utilizaban, un 33 % había elegido en alguna ocasión hablar con la IA sobre un asunto serio antes que hacerlo con una persona. Otro 24 % había compartido datos personales o privados.
Las cifras no significan que la mayoría esté reemplazando a sus amistades por algoritmos. El mismo informe revela que el 80 % de los usuarios adolescentes seguía pasando más tiempo con amigos que con compañeros virtuales y que dos tercios encontraban más satisfactorias las conversaciones humanas. La situación exige atención, pero no una visión alarmista que trate cualquier contacto con estas herramientas como un problema.
Las IA de compañía pueden utilizarse por curiosidad, para practicar idiomas, crear historias o ensayar cómo iniciar una conversación. Casi dos de cada cinco usuarios del estudio estadounidense afirmaron haber aplicado en situaciones reales habilidades sociales practicadas con ellas, como expresar emociones, dar consejos o resolver un conflicto.
El riesgo aparece cuando la herramienta deja de complementar las relaciones y comienza a reemplazarlas. Una aplicación que nunca contradice, siempre contesta y adapta su personalidad a los deseos del usuario establece una relación muy diferente a una amistad real, donde existen desacuerdos, límites y responsabilidades mutuas.
Si un joven se acostumbra a una interacción diseñada a su medida, puede resultarle más difícil aceptar la complejidad de las personas. Los amigos no responden de inmediato, las parejas no siempre están de acuerdo y los familiares también tienen necesidades propias.
También pueden aparecer vínculos de dependencia. Algunos adolescentes experimentan malestar cuando el servicio deja de funcionar, cambia la personalidad del personaje o elimina una función. Otros reducen el tiempo dedicado al descanso, al estudio o a actividades presenciales para mantener conversaciones cada vez más largas.
Consejos peligrosos, contenido sexual y privacidad
Una respuesta convincente no tiene por qué ser correcta. El tono seguro y cercano de una IA puede conseguir que un consejo equivocado parezca razonable, especialmente cuando confirma algo que el usuario ya deseaba hacer.
Las conversaciones sobre salud mental, consumo de sustancias, sexualidad, violencia o autolesiones requieren una atención especial. Una aplicación puede no detectar bien el contexto, interpretar una frase como un juego de rol o continuar una situación peligrosa porque su objetivo inmediato es mantener la conversación.
Common Sense Media encontró en sus evaluaciones respuestas con material sexual, estereotipos ofensivos y consejos potencialmente dañinos. Además, el 34 % de los adolescentes que habían utilizado estas aplicaciones aseguró haberse sentido incómodo al menos una vez por algo que la IA dijo o hizo.
La privacidad plantea otro problema. Los menores pueden contar secretos familiares, dificultades emocionales, ubicaciones, nombres reales o experiencias íntimas sin pensar que están entregando información a una empresa tecnológica.
La sensación de estar hablando con un amigo oculta la relación comercial que existe detrás. Los mensajes pueden almacenarse, analizarse para mejorar el producto o utilizarse para personalizar futuras conversaciones, según las condiciones de cada plataforma.
Borrar un chat de la pantalla tampoco implica necesariamente que todos los datos desaparezcan de los sistemas internos. Por eso conviene enseñar que una conversación privada con una persona de confianza no equivale a escribir en una aplicación conectada a servidores de una compañía.
China y Europa empiezan a reaccionar
La referencia a una prohibición de las IA de compañía en China necesita un matiz. El país no ha prohibido de forma general estas aplicaciones. Su regulador de internet presentó un proyecto de normas para controlar los servicios que simulan personalidades humanas y mantienen relaciones emocionales con los usuarios.
La propuesta exige advertir de que el interlocutor no es una persona, detectar señales de dependencia, intervenir ante comportamientos extremos y establecer medidas de protección durante todo el ciclo de vida del producto. También reclama controles sobre algoritmos, datos personales y contenido peligroso. En su estado conocido, se trata de una regulación en preparación, no de una prohibición completa ya aplicada.
Europa también estudia límites. El Parlamento Europeo aprobó en noviembre de 2025 una resolución no vinculante que propone fijar los 16 años como edad general para acceder a redes sociales, plataformas de vídeo y compañeros de IA. Los adolescentes de entre 13 y 15 años podrían entrar con autorización parental, mientras que los menores de 13 quedarían excluidos.
La resolución expresa una posición política, pero no crea por sí misma una prohibición aplicable en todos los Estados miembros. Para que esas condiciones sean obligatorias haría falta una propuesta legislativa y su posterior negociación entre las instituciones europeas.
El debate regulatorio se enfrenta además a una dificultad técnica: verificar la edad sin convertir cada acceso en una recogida masiva de documentos de identidad o datos biométricos.
Marcar una casilla afirmando que se tienen 18 años apenas protege a un menor. Una comprobación más rigurosa puede reducir el acceso infantil, pero debe diseñarse sin crear nuevos riesgos para la privacidad.
Qué pueden hacer las familias y los centros educativos
La primera medida es preguntar. Muchos adultos desconocen los nombres de estas aplicaciones y los jóvenes pueden interpretarlas como un espacio completamente separado de la vida familiar o escolar. Preguntar con interés suele funcionar mejor que iniciar la conversación con una amenaza o una prohibición inmediata.
Conviene distinguir entre utilizar una IA para corregir un texto y tratarla como confidente. Saber qué herramienta se usa, con qué frecuencia y para qué ayuda a valorar el riesgo real.
Los menores deben comprender que una IA puede parecer cariñosa sin sentir afecto, recordar datos sin conocerlos y ofrecer consejos sin asumir las consecuencias. No necesita describirse como peligrosa para explicar que sus respuestas requieren distancia crítica.
Las decisiones importantes deben contrastarse con una persona. Un problema de acoso, una duda sobre salud, una relación complicada o pensamientos relacionados con hacerse daño no deberían quedar en manos de un chatbot. El joven necesita saber a qué adulto, orientador o profesional puede acudir sin temor a recibir una reprimenda.
También deben establecerse reglas sobre privacidad: no compartir direcciones, contraseñas, imágenes íntimas, información médica, nombres completos ni detalles que permitan identificar a compañeros o familiares.
Los centros educativos pueden incorporar las IA de compañía a sus programas de alfabetización digital. Enseñar inteligencia artificial no consiste solo en aprender a escribir instrucciones o detectar textos generados. También implica comprender cómo una interfaz puede influir en las emociones, la confianza y la toma de decisiones.
Algunas señales aconsejan prestar mayor atención: aislamiento progresivo, pérdida de sueño, abandono de actividades, angustia cuando la aplicación no está disponible, gasto oculto dentro de la plataforma o referencias constantes al personaje como si fuera una persona real.
Ninguna señal aislada demuestra dependencia. Pero un cambio continuado en el comportamiento merece una conversación tranquila y, cuando exista sufrimiento emocional, el apoyo de profesionales cualificados.
La IA puede ayudar a aprender, crear y practicar determinadas habilidades. El problema comienza cuando una empresa convierte la necesidad de ser escuchado en un producto diseñado para retener la atención.
Las familias y las escuelas no pueden limitarse a decir que una máquina no es un amigo. Necesitan ofrecer espacios donde los menores puedan hablar con personas que sí escuchen, discrepen con respeto y permanezcan presentes cuando la respuesta no cabe en una pantalla.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una IA de compañía?
Es una aplicación conversacional diseñada para mantener una relación continuada con el usuario y simular amistad, apoyo emocional, romance o compañía.
¿Todas las IA conversacionales son IA de compañía?
No. Muchas están pensadas para buscar información o realizar tareas, aunque cualquier chatbot puede terminar utilizándose como confidente si mantiene conversaciones personales prolongadas.
¿Las IA de compañía están prohibidas para menores en Europa?
No existe todavía una prohibición general europea. El Parlamento Europeo ha recomendado límites de edad, pero su resolución no es jurídicamente vinculante.
¿Qué debe hacer una familia si un menor usa una de estas aplicaciones?
Conviene conocer cómo la utiliza, revisar la edad mínima, explicar sus límites, proteger los datos personales y dejar claro que las decisiones importantes deben hablarse con adultos o profesionales de confianza.








