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Un anciano rey tuvo que huir de su país asolado por la guerra. Sin escolta alguna, cansado y hambriento, llegó a una granja solitaria, en medio del país enemigo, donde solicitó asilo. A pesar de su aspecto andrajoso y sucio, el granjero se lo concedió de la mejor gana. No contento con ofrecer una opípara cena al caminante, le proporcionó un baño y ropa limpia, además de una confortable habitación para pasar la noche.
Y sucedió que, en medio de la oscuridad, el granjero escuchó una plegaria musitada en la habitación del desconocido y pudo distinguir sus palabras:
-Gracias, Señor, porque has dado a este pobre rey destronado el consuelo de hallar refugio. Te ruego ampares a este caritativo granjero y haz que no sea perseguido por haberme ayudado.
El generoso granjero preparó un espléndido desayuno para su huésped y cuando éste se marchaba, hasta le entregó una bolsa con monedas de oro para sus gastos.
Profundamente emocionado por tanta generosidad, el anciano monarca se prometió recompensar al hombre si algún día recobraba el trono. Algunos meses después estaba de nuevo en su palacio y entonces hizo llamar al caritativo la-briego, al que concedió un título de nobleza y colmó de honores. Además, fiando en la nobleza de sus sentimientos, le consultó en todos los asuntos delicados del reino.
Un día que el agua se encontraba en su elemento, es decir, en el soberbio mar sintió el caprichoso deseo de subir al cielo. Entonces se dirigió al fuego:
-Podrías tú ayudarme a subir mas, alto?
El fuego aceptó y con su calor, la volvió más ligera que el aire, transfor-mándola en sutil vapor.
El vapor subió más y más en el cielo, voló muy alto, hasta los estratos más ligeros y fríos del aire, donde ya el fuego no podía seguirlo. Entonces las partículas de vapor, ateridas de frío, se vieron obligadas a juntarse apretadamente, volviéndose más pesados que el aire y ca-yendo en forma de lluvia. Habían subido al cielo Invadidas de soberbia y fueron inmediatamente puestas en fuga. La tierra sedienta absorbió la lluvia y, de esta forma, el agua estuvo durante mucho tiempo prisionera del suelo y purgó su pecado con una larga penitencia.
Hace muchos años, en un viejo castillo abandonado, vivía la familia Fantasmina que, como su nombre lo indica, era una familia de fantasmas. Pero no eran como los fantasmas que todos conocemos. Ellos eran de colores rojos, azules, verdes, rayados, a lunares, con florecitas y todos muy alegres y divertidos. La historia que quiero contarles ocurrió durante una noche tormentosa. Los más pequeños de la familia ya estaban acostados cuando vieron que unas extrañas sombras entraban por la ventana acompañadas de unos fuertes ruidos que retumbaban por todos los rincones.

¡Fshhhhhhhhhh! ¡Fshhhhh! ¡Plam, plum, plam! Nunca antes habían escuchado algo parecido.
-¡Qué miedo! -dijo uno de ellos y se tapó hasta la cabeza con la sábana.
Las aventuras de Plic y Ploc
Plic y Ploc son dos gotitas de agua. Son hermanas y viven en la cima de una montaña muy alta, que está siempre cubierta de nieve. Tienen la forma de copitos de nieve.
Una tarde, el sol empezó a brillar con toda su fuerza. Las dos gotitas estaban jugando un apasionante juego de ajedrez…
- ¡Oyes! ¿Estás pensando lo mismo que yo?-preguntó Plic.
- Sí, hermana, guardemos todo que empieza el viaje -dijo Ploc.
Terminaron de guardar el tablero de ajedrez justo cuando la nieve se empezó a derretir. Plic empezó a chapotear en un
charquito y Ploc en otro.
- ¡Nos vemos abajo! -gritaron riendo a carcajadas.

Minutos después los dos charquitos se juntaron y formaron un arroyo que bajaba a toda velocidad. Las dos gotitas jugaban a tirarse agua y a esconderse. De pronto el arroyo
cayó y cayó hasta llegar a un lago enorme. Pero parte del agua no pudo quedar en el lago y siguió su camino hacia un río.
Erase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero tenía que ser con una princesa de verdad.
Recorrió el mundo entero, y aunque en todas partes encontró princesas, siempre acababa descubriendo en ellas algo que no acababa de gustarle. De ninguna se hubiera podido asegurar con certeza que fuera una verdadera princesa; siempre aparecía algún detalle que no era como es debido. El príncipe regresó, pues, a su país, desconsolado por no haber podido encontrar una princesa verdadera.
Una noche se desencadenó una terrible tempestad: relámpagos, truenas y una lluvia torrencial. ¡Era espantoso!Alguien llamó a la puerta de palacio y el anciano rey fue a abrir.
Era una princesa quien aguardaba ante la puerta. Pero, ¡Dios mío!, ¡Qué aspecto ofrecía con la lluvia y el mal tiempo! El agua chorreaba por sus cabellos y caía sobre sus ropas, le entraba por la punta de los zapatos y le salía por los talones. Y sin embargo, ¡pretendía ser una princesa verdaera!
“Bien, ya lo veremos”, pensó la vieja reina, y sin decir palabra se dirigió a la alcoba, apartó toda la ropa de la cama y colocó un guisante en su fondo; puso después veinte colchones sobre él y añadió todavía otros veinte edredones de plumas de ánade.
Allí dormiría la princesa aquella noche.
A la mañana siguiente, le preguntaron qué tal habia descansado.
Erase un labrador tan pobre, tan pobre, que ni siquiera poseía una vaca. Era el más pobre de la aldea. Y resulta que un día, trabajando en el campo y lamentándose de su suerte, apareció un enanito que le dijo:
-Buen hombre, he oído tus lamentaciones y voy a hacer que tu fortuna cambie. Toma esta gallina; es tan maravillosa que todos los días pone un huevo de oro.
El enanito desapareció sin más ni más y el labrador llevó la gallina a su corral. Al día siguiente, ¡oh sorpresa!, encontró un huevo de oro. Lo puso en una cestita y se fue con ella a la ciudad, donde vendió el huevo por un alto precio.
Al día siguiente, loco de alegría, encontró otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna había entrado a su casa! Todos los días tenía un nuevo huevo.
Fue así que poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el hombre más rico de la comarca. Sin embargo, una insensata avaricia hizo presa su corazón y pensó:
Érase una vez un lagarto viajero que se sentó a descansar a la orilla de un río y se quedó dormido. Cuando despertó, se encontró rodeado de un montón de lagartos que lo observaban.
- Buenos días, me llamo LULÚ –les dijo sonriente.
Entonces uno de ellos le preguntó:
-¿De dónde has salido? ¡Eres muy raro!
Lulú respondió:
- Vengo de una pradera muy lejana, y no sé por qué me encuentras raro.
- Tienes lunares de colores en la piel y los lagartos no son azules.
- Eso es lo normal –le contestó.
Lulú se rió mucho. Exclamó:
Contaba la leyenda que existía un país llamado Facilitonia donde todo era extremadamente fácil y sencillo. Roberto y Laura, una pareja de aventureros, dedicó mucho tiempo a investigar sobre aquel lugar, y cuando creyeron saber dónde estaba fueron en su busca. Vivieron mil aventuras y pasaron cientos de peligros; contemplaron lugares preciosos y conocieron animales nunca vistos. Y finalmente, encontraron Facilitonia.

Todo estaba en calma, como si allí se hubiera parado el tiempo. Les recibió quien parecía ser el único habitante de aquel lugar, un anciano hombrecillo de ojos tristes.
- Soy el desgraciado Puk, el condenado guardián de los durmientes – dijo con un lamento. Y ante la mirada extrañada de los viajeros, comenzó a contar su historia.
El anciano explicó cómo los facilitones, en su búsqueda por encontrar la más fácil de las vidas, una vida sin preocupaciones ni dificultades, habían construido una gran cámara, en la que todos dormían plácidamente y tenían todo lo que podían necesitar.