5 cuentos de Navidad cortos para dormir a los pequeños

¿Buscáis cuentos de Navidad cortos para dormir a los peques? Aunque los adultos podamos pensar que aún queda mucho para Navidad, lo cierto es que a los pequeños el espíritu navideño les llega muy pronto. Comienzan a pensar en la Carta de los Reyes Magos, las vacaciones navideñas que les dan en el cole y en los dulces que podrán comer sin excusa alguna gracias a las grandes celebraciones en familia que en estas fechas les esperan. Los nervios en Nochebuena de cara a la visita de Papá Noel y en la noche de los Reyes Magos son imposibles de controlar, y por ello, nada mejor que recurrir a una clásica estrategia para tranquilizar y dormir a los más pequeños: los cuentos de Navidad cortos.

Os vamos a proponer 5 cuentos de Navidad cortos que podréis contar a vuestros pequeños para luego explicarles el aprendizaje que se muestra detrás de ellos.

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Fuente: pixabay

La historia de Rodolfo el reno

A Rodolfo el reno nadie le quería por ser tan feo, o eso decía Renato el reno viejo, que había acompañado durante muchos años a Santa Claus por el mundo repartiendo regalos.

Cuando se dobló una de sus patas ya no pudo trabajar más y se volvió un reno amargado, de mal humor, que maltrataba al rebaño e incluso a los niños. Después de haber sido tan bueno con ellos, ahora le molestaban y hasta se burlaba de los de su propia especie.

Por ejemplo cuando nació Rodolfo el reno lo primero que dijo fue: ¡Qué reno tan feo!, jaja tiene la nariz roja, jajaja, así nunca Santa Claus lo elegirá, porque lo más probable es que espante a los niños, jajaja y si un reno no trabaja con Santa Claus, ¿para que ha nacido?

Y todos los otros renos se burlaban también de Rodolfo cantándole así:

Era Rodolfo un reno

que tenía la nariz

roja como la grana

y de un brillo singular

Lalalalalalala lalalalá

El viejo reno Renato, vivía en una cabaña en el polo norte, rodeado de mucha nieve, era casi vecino con Santa Claus. Rodolfo que vivía cerca también, cuando era pequeño, veía con admiración salir a Renato el reno, que entonces era joven,  junto con Santa Claus lleno de regalos.

Los padres de Rodolfo eran los renos favoritos de Santa Claus y cada Navidad se iban felices a repartir regalos por el mundo. Rodolfo como era pequeño no iba con ellos, además no lo dejaban salir como a los otros renos pequeños, porque como tenía la nariz roja, sus padres se avergonzaban de él y lo escondían.

Pero Rodolfo era travieso y se escapaba, lo malo era que cuando se encontraba con el viejo reno, éste se burlaba de él, entonces Rodolfo corría hacia el bosque para esconderse y fue allí donde conoció a otros animales, los cuales se convirtieron en sus mejores amigos: Fofó el caballo, Fifí la oveja y Fefé el búho que todo lo sabe y todo lo ve. El búho le decía:

– Rodolfo, tienes que tener paciencia, los demás nos tienen que valorar por lo que somos por dentro y no por lo que se ve hacia fuera. Yo estoy seguro que ahora que ya creciste,  Santa Claus te verá y te elegirá sin dudarlo. En tus ojos se ve bondad, tu amor a los niños y tus ganas de trabajar. Ya verás que ese día llegará.

– Ojalá llegue ese momento. Faltaba una semana para la navidad cuando llegó un nuevo animal al bosque, venía de muy lejos, era parecido a un caballo pero andaba lento, tenía orejas largas y paradas, era un burro, un burro tiritando de frío en el polo norte.

– Hola, soy Paco, el burrito sabanero, estoy camino a Belén ¿Es por aquí verdad?

– Uyy tú sí que te perdiste ¿De dónde vienes? , dijo Fifí la oveja.

– Vengo de la sabana venezolana, voy camino a Belén, a conocer la tierra donde nació Jesús, ya que mi tátara tátara tátara abuelo era el famoso Burrito sabanero, el que iba Belén al nacimiento del niño Jesús y ahora yo, como su tátara tátara tátara nieto, he empezado el mismo viaje pero creo que me he perdido.

– ¿Y estás solo? Preguntó Fofó el caballo.

– Sí, nadie me quiso acompañar, dijo con tristeza el burrito.

– No te preocupes, ya no estás solo, nadie puede estar solo en navidad, te quedarás con nosotros hasta que logres encontrar el camino correcto a Belén. Dijo entusiasmada Fifí la oveja.

Fue entonces cuando Rodolfo también conoció al burrito Paco.

Al día siguiente era la elección de los renos para Santa Claus, todos estaba bien bañados, peinados, comidos y hasta el hocico se habían lavado con hojas de menta que encontraron en el bosque.

Rodolfo miraba desde lejos, escondido, pero listo para salir en cualquier momento. Sus amigos Fofó el caballo, Fifí la oveja, Fefé el búho que todo lo sabe y todo lo ve y su nuevo amigo Paco, el nuevo burrito sabanero, lo alentaban para que dé un paso adelante y se presente ante Santa Claus.

Mientras tanto Santa se dirigía los renos:

– Como saben, todos los años celebramos el nacimiento del niño Jesús, él vino a la tierra a darnos un mensaje de paz y amor, para vivir en armonía, con respeto y cariño, así que para celebrar este acontecimiento es que me encargaron que todos los años entregue regalos a los niños del mundo que se hayan portado bien y como necesito ayuda, tengo que elegir a los mejores renos del universo para cada campaña navideña. Vamos a empezar con la selección, dijo Santa Claus.

A ver, párense derechos que voy a pasar a revisar las patas, el cuello, la cola, y los ojos, ya que un reno de navidad tiene que ser perfecto, debe ser fuerte, estar bien alimentado ya que el viaje es largo y el trabajo de entregar regalos es bastante duro, pero sobretodo tienen que demostrar amor a los niños.

Fue entonces cuando uno de los renos dijo:

– Bah, a mí sólo me gusta tirar del trineo, no me gustan los niños.

Santa se acercó a él y dijo: Entonces no tienes nada que hacer aquí, vamos a darle oportunidad a los que sí están interesados, retírate por favor…

Y en ese momento Rodolfo se armó de valor, gracias a sus amigos que lo alentaban y se apareció ante Santa Claus diciendo:

– Santa Clauss, con todo el respeto que se merece, aquí estoy yo, mi nombre es Rodolfo y me gustaría mucho trabajar con usted.

– ¿Asi?, hmm déjame verte, hmmm se te ve muy bien alimentado, fuerte y de buen tamaño y ¡tu nariz! ¿Qué le pasó a tu nariz?

– Así nací Santa Claus, con la nariz roja como la grana, pregúntale a mis papás, son ellos, tus renos favoritos.

Y Santa Claus dirigiéndose a ellos les dijo:

– ¿Y por qué lo ocultaron todo este tiempo?

– Perdón Santa, no queríamos que se burlen de él.

– Jamás se deben avergonzar de un hijo, un hijo es un tesoro que hay que cuidar, es un regalo de Dios, miren, Rodolfo es único con esa nariz roja jojojo estoy seguro que será la delicia de todos los niños del mundo, jojojo.

Todos se quedaron el silencio sin saber que decir hasta que sus padres dijeron:

– Si Santa es cierto, nuestro hijo es lo mejor que nos ha pasado, de ahora en adelante será diferente, será nuestro orgullo ante todos y jamás lo volveremos a esconder.

Los otros renos, se quedaron pensando y ya no se rieron más de la nariz de Rodolfo.

– Me parece que eres un reno perfecto para mis viajes, además con esa nariz roja, estoy seguro que los niños te adorarán, además tienes una mirada limpia, bienvenido al viaje de los regalos de navidad, jojojo.

– Gracias Santa, no lo defraudaré, pero antes quiero pedirle un favor, tengo un amigo que ha venido de muy lejos, es un burro que quiere conocer Belén, y ha hecho el mismo recorrido que su tátara tátara tátara abuelo el Burrito Sabanero, está aquí, pero muy perdido ¿Podremos dejarlo en Belén?

– Oh el famoso Burrito Sabanero, el que iba camino a Belén a ver el nacimiento del niño Jesús, claro que sí, que venga, es navidad, jojojo ¿Lo dejaremos en Belén!

Enseguida, se acercó Paco el nuevo Burrito Sabanero y todos juntos disfrutaron de una gran fiesta de despedida, allí estaban los renos y los amigos de Rodolfo, Fofó el caballo, Fifí la oveja y Fefé el búho que todo lo sabe y todo lo ve.

Los renos decidieron agregar unas estrofas a la canción que siempre le cantaban a Rodolfo y fue así cómo nació la canción completa.

Así Santa Claus junto a los renos llegaron a cada rincón del mundo buscando a los niños que se habían portado bien, dejándoles un hermoso regalo y en cada hogar encontraron, leche, galletas y sobretodo mucho amor, ya que veían a las familias reunidas, rezando, agradeciendo por la cena navideña, agradeciendo a Dios por la vida y la familia, celebrando que Jesús estaba de cumpleaños y que valió la pena vivir entre todos nosotros para dejar su mensaje a toda la humanidad,  amar y respetar a Dios y a nuestro prójimo.

¡Feliz Navidad para todos!

Cuento escrito por Magda Botteri, de Tiabotas.

El Gigante Egoísta de Oscar Wilde

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ahora donde jugar. Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir. Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho. Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín. Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.

El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.

Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

– ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

El conejito burlón

Vivía en el bosque verde un conejito dulce, tierno y esponjoso. Siempre que veía algún animal del bosque, se burlaba de él. Un día estabada sentado a la sombra de un árbol, cuando se le acercó una ardilla.
– Hola señor conejo.

Y el conejo mirando hacia él le sacó la lengua y salió corriendo. Que maleducado, pensó la ardilla. De camino a su madriguera, se encontró con una cervatillo, que también quiso saludarle:
– Buenos días señor conejo; y de nuevo el conejo sacó su lengua al cervatillo y se fue corriendo. Así una y otra vez a todos los animales del bosque que se iba encontrando en su camino.

Un dia todos los animales decidieron darle un buena lección, y se pusieron de acuerdo para que cuando alguno de ellos viera al conejo, no le saludara. Harían como sino le vieran. Y así ocurrió. En los días siguientes todo el mundo ignoró al conejo. Nadie hablaba con él ni le saludaba. Un dia organizando una fiesta todos los animales del bosque, el conejo pudo escuchar el lugar donde se iba a celebrar y pensó en ir, aunque no le hubiesen invitado.

Aquella tarde cuando todos los animales se divertían, apareció el conejo en medio de la fiesta. Todo hicieron como sino le veían. El conejo abrumado ante la falta de atención de sus compañeros decidió marcharse con las orejas bajas. Los animales, dandóles pena del pobre conejo, decidieron irle a buscar a su madriguera e invitarle a la fiesta. No sin antes hacerle prometer que nunca más haría burla a ninguno de los animales del bosque.
El conejo muy contento, prometió no burlarse nunca más de sus amigos del bosque, y todos se divirtieron mucho en la fiesta y vivieron muy felices para siempre.

La profecía que iba a hacerme rico

Hace muchísimos años Orimón, un pícaro y rico comerciante, descubrió extraños signos en el cielo. Uno de sus sirvientes le informó de que seguramente se trataba de la profecía de los judíos, que anunciaba el nacimiento de su nuevo rey. Así que, pensando que el evento atraería a las personas más ricas e importantes, preparó una enorme caravana con todas sus mercancías y se dirigió al lugar designado por la profecía.

Como esperaba, fue el primero en llegar, y reservó todas las habitaciones de la posada para él mismo y sus sirvientes. Luego instaló un magnífico mercado y esperó a los poderosos clientes que le harían aún más rico.

Pero por allí no apareció nadie en días. Solo una noche se acercó un hombre buscando sitio en la posada para él y su familia; tenía un aspecto tan pobre que Orimón pensó que su presencia ahuyentaría a gente importante, así que se las arregló para que lo echaran del pueblo sobornando al posadero para que lo enviara a un establo abandonado que estaba bastante lejos.

La noche siguiente oyó cantar y vio luces a las afueras. Seguro de que sería alguien importante, preparó un carro con sus más ricos productos y fue a su encuentro. Pero llenó tanto el carro que, para cuando llegaron, ya solo quedaban unos pocos pastores; la fiesta debió ser magnífica, porque hasta los pastores estaban borrachos, y hablaban de ángeles, de coros celestiales y de seguir celebrándolo cerca de allí… Aunque le insistieron para que fuese con ellos, él solo pensaba en vender sus mercancías, y marchó rápidamente para buscar al señor que había celebrado tan lujosa fiesta. Pero, tras pasar toda la noche buscando, regresó sin encontrarlo.

Días después, viendo que su plan no había funcionado, decidió irse. Mientras hacía los preparativos, reconoció a aquel pobre hombre al que había enviado al establo. Llegaba con su mujer y su hijo, y se acercó a la posada, pidiendo hablar con el rico comerciante que la ocupaba. Pero Orimón, avergonzado por lo que había hecho, mandó decir que no estaba y, tras insistir un rato, el hombre desapareció con su familia.

Y así volvió Orimón a su hogar, renegando de aquella estúpida profecía, sin saber que su obsesión por el dinero y la grandeza le había hecho rechazar con insistencia, nada menos que tres veces, la invitación a participar en aquella primera Navidad que cambió el mundo. Como muchos seguimos haciendo cada año, tan preocupados por regalos y banquetes que somos incapaces de ver la verdadera Navidad que pasa constantemente a nuestro lado.

Cuento de Pedro Pablo Sacristán

Las arañas de Navidad

La Navidad había llegado a Alemania y cómo no, también a un pueblecito escondido entre las nevadas montañas. Como cada año, todos sus habitantes se disponían a celebrar las fiestas en familia. Eran días especiales y las casas tenían que estar relucientes, así que se preocupaban por limpiar sus hogares y alegrarlos con la preciosa decoración navideña.
Sucedió que en una de esas casas habitaba un grupo de arañas de patas largas y cuerpo delgado, de esas feúchas pero totalmente inofensivas. Siempre permanecían escondidas en una esquina del comedor, ocultas tras un aparador de madera con tiradores de bronce. Llevaban allí varias semanas y el sitio escogido parecía seguro. Habían tejido sus resistentes telarañas y hasta el momento habían permanecido intactas.

No contaban con que la dueña, dispuesta a que su casa fuera la más limpia de todas, aparecería con la escoba de un momento a otro. Desgraciadamente, eso fue lo que sucedió. La mujer corrió las mesas y las sillas, las estanterías y los muebles, para barrer hasta la última mota de polvo. Las arañas, por suerte, se dieron cuenta a tiempo de que se acercaba a su esquinita y salieron despavoridas antes de ser arrasadas por el implacable cepillo de la escoba. Se ocultaron en una viga del techo y vieron cómo la señora hacía desaparecer las telarañas que tanto trabajo les había costado fabricar.

Llegó el día 24 de diciembre y desde su escondite, vieron a la familia reunida en el salón para montar un precioso árbol de Navidad, lleno de lazos y muñequitos de madera. Cuando terminaron, padres e hijos disfrutaron de una opípara cena y cantaron villancicos hasta bien entrada la noche. Sobre las dos de la mañana, todos se fueron a dormir.

Las arañitas estaban deseando ver ese precioso árbol más de cerca, así que cuando en toda la casa reinó el silencio, bajaron por la pared y treparon ágilmente por las ramas del abeto. Disfrutaron muchísimo recorriendo el arbolito navideño, deslizándose por sus adornos y sintiendo las cosquillas de las piñas en sus tripas. Iban de aquí para allá soltando hilos de seda y al final, tanto se movieron, que el árbol quedó cubierto por una enorme telaraña.

Ni se enteraron de que por la chimenea apareció Santa Claus, que venía a dejar los regalos a los niños. Al acercarse al árbol, vio que estaba lleno de arañitas y que no se veían los adornos porque estaban cubiertos por una grande y tupida tela de araña gris. Sintió ternura por esos bichitos que tan bien se lo estaban pasando ¡Al fin y al cabo, para ellas también era Navidad!

Sonriendo les preguntó si querían quedarse para siempre viviendo en ese árbol. Las arañitas contestaron que sí, entusiasmadas. Santa Claus tocó el árbol y se hizo la magia: las arañitas se convirtieron en preciosos adornos dorados y las telarañas, en brillantes guirnaldas e hilos de plata que embellecieron y dieron luz al árbol de Navidad.

Desde entonces muchos alemanes decoran con largas cintas sus árboles y no se olvidan de comprar un adorno con forma de arañita, en recuerdo a esta hermosa leyenda.

Escrito por CRISTINA RODRÍGUEZ LOMBA para mundoprimaria.com

Esperamos que estos cuentos de Navidad cortos te sean de gran ayuda para templar los nervios de las noches más locas de esta festividad, y así conseguir que se vayan pronto a la cama para tener vuestro propio momento de vacaciones en compañía de familiares y amigos. No dudéis en comentar para compartir con nosotros otros cuentos de Navidad cortos que sepáis o hayáis inventado para vuestros pequeños.

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