Historia de un niño llamado Julián a quien le gusta mucho cuidar los animalitos, las plantas, las aves, se pasa los días jugando con su inseparable amigo, un pequeño e inquieto perrito color café con leche.

Todas las mañanas su perro llamado “Quimba” lo despierta saltado a su cama y juntos toman un rico desayuno cerca de la ventana mientras ven los pajaritos volar y cantar alegres melodías que llenan el corazón.

Al terminar se viste rápidamente y baja las escaleras corriendo, recoge su mochila, da un beso a papá y mamá y sale a toda velocidad con su bicicleta acompañado de su perro que corre a su lado tan rápido como puede.

Siempre, antes de ir al colegio pasa por la plaza y saca de su mochila una enorme bolsa con cereales que desparrama cerca de los rosales para que los pajaritos bajen a comer.

De allí, se dirige directo a la escuela donde en la puerta, al lado de su bicicleta lo esperará toda la mañana su fiel amigo.

Cuando toca el último timbre al mediodía, un remolino de niños llena la calle. Corren y gritan alegres, saludan al perro, quien no deja de mirar hacia la puerta hasta que ve salir a Julián, ahí sí, su cola se agita contenta y ladra hasta que el niño monta la bicicleta y juntos regresan a casa.

Pasan las tardes jugando en la plaza, recorriendo lugares donde encuentran perritos abandonados, o pajaritos lastimados, entonces lo llevan a casa hasta curarlos o conseguir una nueva familia para ellos.

Cierto día, como todas las mañanas Julián y su perro partieron para el colegio.

Pasaron por la plaza, desparramaron los cereales para los pajaritos, y al llegar al colegio el niño dejó la bicicleta, como siempre, saludó con una palmadita en la cabeza a su perro y le dijo:

Pórtate bien, no ladres mucho ni hagas lío.

Su perro lo miró, ladró dos veces como entendiendo a su dueño, giró en ese mismo lugar y se echó mirando como Julián se perdía entre los demás niños.

Al tocar el timbre de salida con asombró el niño se encontró con que su perro no estaba.

¿Habrá regresado a casa? pensó, a lo mejor tenía hambre o sed y no pudo esperarme.

Agarró su bicicleta y con preocupación volvió a su casa con la esperanza de encontrar al perro. Pero que desilusión, cuando llegó él no estaba allí.

¿Qué hacer?, ¿cómo empezar?, ¿por dónde buscarlo si nunca antes había pasado esto?.

Empezó a pegar por todos lados la foto de su mejor amigo, su papá buscaba por las calles, su mamá hacia la comida preferida de “Quimba” y la ponía en el jardín para que el aroma lo ayudara a volver a casa.

Pasaron los días y no se sabía nada del perro. Julián empezaba a perder las ilusiones de encontrarlo y muy triste se puso a llorar en la plaza.

De repente sintió una vocecita suave que le decía:

-¿Por qué estás tan triste?, cuando giró, no pudo dejar de sorprenderse, uno de esos pajaritos a quien él todas las mañanas le llevaba comida, le estaba hablando y acariciando con su alita la mejilla mojada por las lágrimas.

Julián le contó lo que estaba pasando y lo triste que se sentía porque extrañaba mucho a su perro.

-No te preocupes- le dijo el pajarito -nosotros te ayudaremos a encontrarlo, somos muchos y podemos recorrer toda la ciudad volando en pocas horas.

Así que se reunieron todos los pájaros en la plaza y organizaron un plan para encontrar al perro del niño.

Los gorriones volaron hacia el este cubriendo el cielo de color gris, atrás de ellos salieron hacia el oeste las palomas en un vuelo lento y armonioso, los pájaros carpinteros marcaban su rumbo hacia el sur con crucecitas en los troncos de los árboles y los jilgueros silbaban una canción mientras se dirigían al norte.

La ciudad se había paralizado, todos lo niños corrían por detrás de los pájaros como queriendo acompañarlos en su vuelo, las calles estaban desiertas, el viento soplaba suavemente sobre la copa de los árboles quienes parecían danzar una triste melodía mientras sus hojas caían sobre toda la ciudad.

Mientras tanto Julián esperaba angustiado, las horas pasaban y su perrito no aparecía.

Cuando de repente… el cielo brilló y se llenó de pajaritos que cantaban y bailaban de un lado a otro.

Al niño se le iluminaron los ojos, comenzó a sonreír, sentía en su corazón que traían buenas noticias.

Y…….. fueron tan buenas noticias que vio a su perrito venir corriendo y saltando por la plaza guiado por los pájaros hasta donde estaba él arrodillado esperándolo con los brazos abiertos.

Se abrazaron estaban muy felices, se habían extrañado tanto…..

Cuando el niño limpió todas sus lágrimas se dio cuenta, que por detrás de su fiel amigo venía una hermosa perrita blanca y muchos, muchos cachorritos manchados en blanco y marrón. Era la nueva familia de su perro.

Julián volvió a reír de felicidad, no solo porque había recuperado a su perro a quien él tanto quería, sino que ahora serían más para salir de aventuras todas las tardes.

Después de ese día la plaza es el lugar más lindo de la ciudad, el sol brilla más que nunca, las mariposas revolotean junto a las abejas sobre los jazmines que impregnan con su aroma todo el lugar, los niños traen sus mascotas para jugar con ellas, los pajaritos eligen las ramas éstos árboles para hacer sus nidos y como siempre están Julián y su perro, quienes ahora tienen cientos de amigos para compartir nuevas historias.

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