Un cuento de navidad. El ratón Enriqueto.

Anacleto era un ratoncito algo tímido, de pelo negro, dientes torcidos, ojos bizcos y oreja maltrecha. Se quedó huérfano de madre y padre y creció en compañía de otros ratones que hacían lo que podían para sobrevivir en un mercado de la ciudad de Madrid.

El día de Nochebuena, como era habitual tenían hambre y decidieron salir a buscar algo de comida entre los desperdicios de los contenedores de basura que la gente iba llenando alrededor del mercado. Nuestro amigo Anacleto, que era muy hábil para detectar olores y sabores, era el jefe de la cuadrilla de buscadores de comida y el que más y mejor comida conseguía para la familia ratonil. Esa mañana logró reunir trozos de jamón, chorizo, pizza, patatas fritas, queso manchego, plátanos, manzanas, pan de pueblo y unas cuantas galletas navideñas. ¡Qué rico placer!, dijo Anacleto. Todos sus amigos se reunieron y empezaron su particular banquete navideño. Comieron hasta que casi reventaban sus panzas rechonchas y peludas.
Al filo de las 8 de la noche, ya ni se movieron en sus madrigueras de lo llenos que estaban. Sin embargo, Anacleto decidió salir a ver si conseguía algo de postre. Cuando estaba por allí merodeando… ¡¡¡PUM!!!… lo atropelló un coche. Salió disparado al otro lado de la carretera y notó que algo caliente le salía del cuerpo. Tiene que ser sangre. Dios mío…me estoy muriendo… a donde iré a ir a parar: al cielo de los ratones o allí abajo ¿donde se asan?…, empezó a pensar Anacleto.

En esas estaba cuando ya no sintió nada más y desfalleció…. Cuando por fin abrió sus ojos, se vio rodeado de ratones vestidos de blanco, y dijo: “Entonces sí me morí y debo estar en el cielo”. De pronto uno de ellos le habló, diciendo: ¡¡Hermanito Anacleto … por fin abriste tus ojos … estás vivo!! Un buen susto fue el que se llevó Anacleto. Y lo que realmente había pasado fue que cuando sus compañeros oyeron que un coche se había estrellado contra el contenedor de basura que registraba Anacleto, le vieron tendido en la acera. Inmediatamente lo cogieron y se lo llevaron a su madriguera, le frotaron con alcohol el pecho, le estiraron las piernas y lo calentaron con mentol y velas para que entrara en calor.

Anacleto, al verse vivo, no paraba de llorar de la alegría y juró no volver a portarse mal y ser tan glotón y comilón.

Y Colorín Colorado

Basado en en El ratón Enriqueto de Cuentos empitucados. La imagen puedes pulsar sobre ella para que se haga grande y poder imprimirla para colorear.

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