Esta es la historia de una osa con dos pequeños ositos. Vivían en un bosque, verde, donde el canto de los pajaritos, era su diario despertar, donde su desayuno, era la miel, tan dulce como los besos de mamá.
Pero, no todo era bello como el arco iris, porque dos ojos, dos orejas y un hocico, no eran suficientes; el peligro siempre estaba cerca, ya que había un cazador que no soportaba verlos felices.
Mamá osa, trabajaba mucho para buscar comida y dársela a sus ositos, por lo tanto, tenía poco tiempo para jugar con ellos, llegaba cansada; pero jamás dejaba de reír, de mostrarle que siempre estaba feliz de estar junto a ellos.
Un día, uno de los ositos, el más grande, preguntó:
– ¿Por qué el cazador no nos deja ser feliz?, ¿para que nos quiere atrapar?, ¿no tiene amigos con quien jugar?
El más chiquitín, agregó:
– Quizás su mamá no le regala juguetes o no tiene un perro para jugar.
– ¡Bueno, pequeñitos! – dijo mamá osa. Ustedes no se preocupen, mientras mamá esté, nada les pasará. Pero,… creo que tienen razón, al cazador le falta amigos.
– Nosotros podemos ayudar. – dijo el chiquitín. – Eso sí, no pueden pertenecer a la familia de los osos, porque parece que no le caemos bien. ¿Qué animales le gustarán?.
Mientras la familia pensaba en silencio, a lo lejos se escuchó un disparo, -¡¡¡BUUUMMM!!!.
– ¡Shhhh! – dijo mamá osa – No hagan ruido, creo que el cazador anda cerca.
– ¡Buuuaaa! Tengo miedo, mamita – llorando decía el pequeñín.
– Yo también – repitió su hermano.
Mamá osa los abrazó, los besó y comenzó a acariciarlo, logrando calmar la caída de las lágrimas. El silenció volvió. El calorcito que mamá les brindaba, los fue adormeciendo lentamente. El señor sueño se fue apoderando de sus ojitos hasta cerrarlos completamente.
La calma había vuelto al bosque. Pero en la cabecita del pequeñín un sueñito estaba naciendo… la noche se ponía cada vez más oscura, a lo alto de un árbol, sobre una rama, un búho cantaba; sobre el negro cielo, la luna era un enorme plato blanco; los ojos de los animalitos nocturnos, eran luciérnagas revoloteando; el pequeñín, se encontraba en esa inmensidad oscura, de cosas, sonidos y ruidos desconocidos para él, comenzó a sentir miedo, sus orejas paradas, como todo su pelo, sus ojos se abrieron tratando de ver más allá de esa oscuridad, buscando algo conocido y repitiendo en voz baja, como para que sólo su corazoncito escuchara…”no estoy solo, los animales son mis amigos, mamá: ¿dónde estas?”. Dejó de caminar, se paró junto a un árbol, de repente… unos pasos se acercaban hacia él, comenzó a temblar, cada vez más, sus dientes comenzaron a rechinar, quería detenerlos, pero no podía, cuando de repente… –
unas manos lo tomaron con gran fuerza, quiso escapar, pero el miedo no le permitía, todo su cuerpito estaba blando. Giró su cabeza, tratando de mirar de quien eran esas manos tan fuertes que lo estaban lastimando, pero todo era tan oscuro, sólo sintió una respiración caliente.
Luego de que estas manos lo arrastraran un largo camino, llegaron a una casa pequeña, tenebrosa, iluminada por la luz de la luna. Atravesaron la puerta llena de tela de araña, una araña quedó en el hocico de osito, desesperado intentó quitársela, pero al moverse, las manos lo apretaron con más fuerza y una voz resonó:
– Quédate quieto, animal, o te enseñaré a los golpes.
Osito obedeció, tratando de contener las lágrimas, pero esa voz, se le hacía conocida, pero, ¿de donde?, ¿cómo hacer para que vuelva a hablar?, si se movía otra vez, corría el riesgo de que lo golpeara.
– Piensa osito, piensa – se decía en voz baja.
– Bueno, por ahora te quedarás aquí, en este rincón, luego te ataré a un árbol, espero que no me des problemas.
– Si, ahora sé de donde es esa voz – dijo osito – es el malvado cazador, ¿pero que quiere conmigo?
Mientras el cazador buscaba algo dentro de un viejo baúl, osito lloraba muy bajito, casi en silencio, rogando que su mamá viniera a salvarlo.
De pronto, el cazador se acerca a osito, lo toma de una patita y lo arrastra hacia fuera. En sus manos, grandes y sucias, estaba lo que tanto buscaba en el baúl; eran cadenas, que las fue amarrando a las patas de osito y otra, como si fuera un collar, se la colocó en el cuello.
Osito no trató de soltarse, sólo quedó parado junto al árbol, tratando de entender ¿qué pretendía éste malvado hombre, hacer con él?. Cuando de golpe, el cazador sacó un látigo y comenzó a dar órdenes a osito, cómo los domadores de los circos,
– Pero… – ¿yo no soy una fiera?, pensaba osito.
– Dale, párate en dos patas, súbete a ése barril, vamos, ¿qué esperas?, CHASSSS!!!! – sonaban los latigazos en el piso.
¿Que otra cosa podía hacer osito?, nada, sólo obedecer y así pasó toda la noche, subiendo y bajando del barril, parándose en dos patas, trepando al árbol y tantas cosas más, ya que los latigazos seguían sonado.
Fue tanto el trabajo que hizo, que de golpe cayó desplomado de cansancio, no había bebido, ni comido nada, pobre osito, entre dientes reclamaba la presencia de su mamá.
Volvió a sonar un latigazo y junto a él, un grito:
– Levántate, haragán, me estás poniendo muy nervioso, la función es mañana y quiero ganar mucha plata. ¡Vamos! Sube, baja, salta.
Osito no daba más, creía morirse, cuando sus ojos entreabiertos, descubrieron que el sol se asomaba muy lentamente, pero descubrió que algo había en los árboles y no precisamente eran los rayos del sol; muy despacio comenzó a levantarse, cuando el cazador lo miró de frente, salieron del bosque, como si fueran abejas nerviosas, todos los animales, hasta el tigre, el león, el lobo, y se abalanzaron contra el cazador, al cuál sus pies no le alcanzaban para correr, llegó a entrar en la casa, pero juró no volver a salir nunca más.
– ¿Estás bien, osito? – preguntaron todos los animales.
– Si, gracias amigos, podré volver con mamá y mi hermanito.
– No fue idea de nosotros, esto lo planeó un oso muy grande, que te quiere mucho a ti, a tu mamá y a tu hermanito, él nos juntó y nos dio la fuerza para enfrentar a éste malvado cazador.
– ¿Dónde está él?, lo quiero abrazar y decirle que yo también lo quiero mucho.
– Te espera junto a tu madre, la cuidó mientras no estabas.
– Bueno amigos -habló el rey de la selva- dejaremos una guardia permanente en la casa de éste malvado, así nunca más molestará a los animales del bosque, yo me encargaré de eso.
Cuando comenzaron a entrar en el bosque, los rayos del sol se hicieron más fuerte, molestaban los ojos de osito y con sus patitas empezó a refregarse, pero una mano acarició su cabeza, cuando abrió sus ojos, vio ante ellos la imagen de mamá osa y aquel oso que él había adoptado como su papá, las sonrisas de ellos calmó a osito.
– ¿Qué pasó mamá, papu?, ¿dónde están todos? ¿y el cazador?, ¿y la casa macabra? ¿las cadenas?
– Tranquilo, osito-dijo mamá.
– Pero si tu me salvaste, papu, junto a los animales del bosque.
– No, osito, sólo fue un mal sueño.
– Entonces, ¿el cazador puede salir de su caza? ¿nos puede atrapar todavía?
– Bueno, la verdad es que tuviste un sueño muy feo, pero tengo que contarte una sorpresa.
– ¿Cuál, dime, cuál?
– Está bien, ¿sabes?, el rey de la selva, se encargó del cazador, ha dejado una guardia permanente en la casa, creo que no volverá a molestar a ningún animal del bosque nunca más.
– Bien, por fin viviremos felices, ¿y tú, te quedarás con nosotros?
– Claro que sí, seremos la familia perfecta.
La familia oso, junta como una gran familia, son el ejemplo de AMOR en ese inmenso bosque. Así continúo la vida, todos viven aún ahí, tranquilos, en paz y por sobre todas las cosas muy felices.
Colorín, colorado, la felicidad no es sólo comer pescado.

Bettina Rolón de Almaráz

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