Relator: -Había un pueblo que tenía grandes riquezas ya que hasta los niños trabajaban. Sin embargo, a pesar del bienestar, la gente del pueblo jamás sonreía. El rey caminó por el pueblo y después de observar le dijo a su consejero:

Rey: -Hoy estuve por el pueblo y no vi a la gente sonreír.¿Por qué crees que eso sucede?

Consejero: -La gente trabaja mucho y no tiene tiempo en familia…

Rey: -Pero si el trabajo es recompensado, ¿cómo puede ser que estén siempre tristes?

Consejero: -¿Usted vio algún niño o niña jugando en las plazas?

Rey: -No, cada uno en sus puestos de trabajo.

Consejero: -Hasta los niños deben trabajar junto con sus padres para terminar las tareas que usted dispuso.

Rey: -La única manera de tener un gran pueblo es trabajando de sol a sol.

Consejero: -La gente debe descansar y los niños no deben trabajar.

Rey: –Excusas… la grandeza de un pueblo se demuestra por sus obras.

Consejero: -Si solo dejara un tiempo de descanso para que las familias se reencuentren, todo sería distinto.

Relator: -El rey no quiso escuchar razones, después de un tiempo, comenzó a tener terribles sueños y preocupado llamó al consejero.

Rey: -Mi gran sabio, tengo sueños que me atormentan y me despierto con gran angustia.

Consejero: -Lo escucho, mi señor.

Rey: -Sueño que soy devorado por un gran árbol que tiene apariencia monstruosa. Lo más impresionante son sus raíces, que tienen grandes garras, me aprietan hasta asfixiarme y, mientras eso sucede, el árbol lanza estruendosas risas.

Consejero: -Eso es terrible, mi rey. Buscaremos al campesino que interpreta los sueños, así nos dice cuál es el mensaje.

Rey: -Vayan por ese hombre y tráiganlo urgentemente al palacio.

Relator: -Así fue que los soldados llevaron al campesino frente al rey, quien le contó con detalles el sueño que no lo dejaba vivir.

Rey: -Si puedes interpretar mi sueño, te daré lo que me pidas.

Campesino: – El gran árbol es el pueblo, el color gris de ramas es la tristeza de la gente y las raíces son los niños que piden a gritos poder ser felices y sonreír. El árbol se está pudriendo, al igual que la esperanza del pueblo, de este modo el pueblo se queda sin riquezas.

Rey: -Gracias, buen hombre, ¡qué ciego he estado! Desde hoy, en este pueblo ningún niño trabajará y los padres tendrán el descanso que se merecen. ¿Dime qué quieres de paga?

Campesino: -Ya me ha pagado, mi rey, con que no trabajen mis hijos, con eso me basta.

Rey (emocionado): -Tu humildad me conmueve. Te vendrás al palacio con tu familia y compartirás mis riquezas.

Narrador: -El campesino no podía creer, besó las manos del rey y se fue corriendo a darle la buena nueva a su familia. Desde entonces, en el pueblo se escuchan las risas de los niños y en todos los demás reinados son conocidos por sus riquezas y felicidad.

Autora: Olga Pereyra

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