El aula se ha convertido en uno de los territorios más disputados por las grandes tecnológicas. No tanto por el margen inmediato de vender un portátil barato o una licencia educativa, sino por algo más valioso: la costumbre. Un documento interno de Google, fechado en noviembre de 2020 y revelado en el marco de un litigio en Estados Unidos, ha vuelto a poner el foco sobre una estrategia que muchos docentes y analistas llevan años señalando: si un estudiante se acostumbra a una plataforma desde pequeño, es más probable que siga dentro de ese ecosistema cuando sea adulto.
Según la información publicada a partir de esos documentos, Google hablaba internamente de “onboard” (incorporar) a los niños a su ecosistema y vinculaba esa adopción temprana con la posibilidad de generar “confianza de marca” y lealtad a lo largo de la vida. La tesis no se limita a un dispositivo: afecta al correo, al almacenamiento, a los servicios web, al modo de entregar tareas, al tipo de cuenta digital y, en la práctica, a la forma en la que un alumno aprende a “usar un ordenador”.
Un mercado maduro donde el hábito pesa más que la cuota
El contexto es relevante: en el mercado global de sistemas operativos de escritorio, Windows sigue dominando con un 66,4 % (diciembre de 2025), mientras que Chrome OS registra un 1,24 % y Linux un 3,86 %. En ese mismo corte, StatCounter contabiliza un 16 % como “Unknown”, además de porcentajes separados para OS X (7,74 %) y macOS (4,75 %). Es decir: Chrome OS no gana la guerra del escritorio por volumen, pero mantiene una presencia singular en educación, especialmente en entornos donde el precio, la gestión centralizada y la integración web pesan más que la potencia local.
Ahí es donde el Chromebook cobra sentido como herramienta de entrada: un equipo “suficiente” para tareas de navegación, ofimática en la nube y plataformas educativas, con administración relativamente sencilla para departamentos IT con recursos limitados. Sin embargo, el documento filtrado sugiere que, para Google, el objetivo no era únicamente resolver una necesidad de hardware barato, sino convertir esa experiencia temprana en una preferencia futura.
YouTube en el centro del debate
Los documentos también aluden a un segundo frente: YouTube. En la estrategia descrita en las filtraciones, la plataforma aparece como una posible “tubería” de futuros usuarios y creadores si se normaliza su presencia en entornos educativos. El detalle es especialmente sensible por el debate —también reflejado en el caso judicial del que emergen los documentos— sobre el impacto de las plataformas en menores, sus patrones de consumo y su capacidad de generar uso compulsivo.
Google, por su parte, ha rechazado que estos materiales representen una intención de “captar” alumnos. La compañía sostiene que sus productos educativos responden a la demanda de centros y profesores, que los administradores mantienen el control, y que YouTube requiere consentimiento parental para menores de 18 años en el ámbito escolar.
Microsoft y la escuela como estándar de facto
El caso de Google no es un fenómeno aislado. Microsoft lleva décadas jugando una partida similar, aunque con herramientas distintas y un arraigo histórico aún mayor. En la práctica, millones de estudiantes han pasado por aulas donde Word, Excel y PowerPoint eran “sinónimo” de ofimática, del mismo modo que Windows lo era de “ordenador”.
En la actualidad, Microsoft mantiene ese vínculo a través de Microsoft 365 Education, con planes como Office 365 A1 disponibles sin coste para estudiantes y docentes con correo escolar elegible. La promesa es clara: productividad, colaboración, almacenamiento, identidad y aula digital bajo una misma plataforma. Y la consecuencia también: cuando un alumno se forma —y se evalúa— dentro de un conjunto de herramientas, lo que aprende no es solo a redactar o a calcular; aprende a hacerlo en un formato, un flujo de trabajo y un ecosistema específicos.
Para muchos centros, el “gratis” (o casi gratis) es una vía realista de acceso a tecnología moderna. Para los críticos, sin embargo, es también una forma de convertir la escuela en un canal de distribución cultural: se regalan licencias hoy para consolidar usuarios mañana, cuando esos estudiantes ya trabajen y tomen decisiones de compra o de estandarización tecnológica en empresas y administraciones.
Apple: menor peso en volumen, gran peso en influencia
Apple compite en menor medida en el K-12 según países y presupuestos, pero su papel es relevante por una razón: construye ecosistema. Sus programas de educación se articulan mediante precios especiales para estudiantes y docentes, currículos y marcos pedagógicos propios, y una narrativa constante alrededor del aprendizaje creativo con iPad y Mac. Su propia documentación educativa habla de ofrecer “un ecosistema potente para el aprendizaje” cuando una comunidad invierte en tecnología Apple. La estrategia, más que ganar por precio, tiende a apoyarse en experiencia de uso, control del hardware y software, y en una base de aplicaciones y servicios que hace que la salida sea más costosa cuanto más se integra el centro.
La cuestión de fondo: dependencia tecnológica y soberanía educativa
Más allá del titular llamativo, el problema central es estructural: la dependencia. Cuando un centro se apoya en un proveedor para dispositivos, correo, identidad digital, almacenamiento, LMS, videoconferencia y administración remota, la migración futura se vuelve difícil. No por falta de alternativas, sino por el coste humano y operativo: formación, compatibilidad de materiales, cuentas, permisos, políticas, hábitos.
En ese escenario, la discusión deja de ser únicamente técnica y se convierte en educativa y social. ¿Qué se enseña en informática cuando el aprendizaje se reduce a “usar X plataforma”? ¿Qué ocurre con la creatividad tecnológica si el alumnado solo conoce una tienda de aplicaciones, un formato de archivo, un inicio de sesión y una nube?
Redoblar esfuerzos: el papel del código abierto y Linux
Diversos expertos en tecnología educativa llevan años defendiendo que los centros deberían equilibrar la balanza con soluciones basadas en estándares abiertos y software libre, no por nostalgia, sino por resiliencia. En ese enfoque, el objetivo no es “prohibir Google o Microsoft”, sino evitar que la escuela se convierta en un embudo hacia una única forma de trabajar.
En la práctica, eso se traduce en iniciativas concretas: introducir GNU/Linux en laboratorios o equipos antiguos que aún pueden rendir, enseñar conceptos de informática que no dependan de una marca, fomentar formatos abiertos (como ODF), y trabajar con herramientas que permitan comprender lo que ocurre “bajo el capó”. También implica que los estudiantes aprendan la diferencia entre que un sistema esté basado en Linux —como Chrome OS— y que sea realmente abierto en su conjunto: kernel y base pueden ser libres, mientras que el valor crítico (cuentas, telemetría, control y servicios) puede seguir siendo propietario.
Lo que el documento interno de Google ha hecho es poner por escrito, de forma más explícita, una intuición extendida: el aula es un terreno de fidelización. Y, cuando la fidelización entra por la puerta de la educación, la respuesta no suele estar en una marca alternativa, sino en un principio: formar en tecnología como conocimiento, no como consumo.
Preguntas frecuentes
¿Por qué el uso de Chromebooks en colegios genera debate sobre dependencia tecnológica?
Porque el Chromebook suele venir acompañado de cuentas, gestión centralizada y servicios en la nube. Cuando todo el flujo educativo se construye alrededor de ese ecosistema, migrar a otra plataforma puede resultar costoso y complejo.
¿Qué ofrece Microsoft 365 Education “gratis” y qué implica para los centros?
Incluye planes educativos como Office 365 A1 para estudiantes y docentes con correo escolar elegible. Facilita colaboración y ofimática, pero también puede consolidar formatos y hábitos de trabajo ligados a la plataforma.
¿Qué diferencia hay entre enseñar “ofimática” y enseñar competencias digitales con software libre?
La ofimática basada en una marca enseña a usar una herramienta concreta. Las competencias digitales con software libre tienden a enfatizar estándares abiertos, portabilidad de archivos, conceptos de sistema y autonomía tecnológica.
¿Cómo puede un colegio introducir Linux sin romper el día a día del aula?
Con pilotos controlados: aulas de informática, equipos reutilizados, arranques duales o entornos virtualizados. Lo clave suele ser acompañarlo de formación docente y materiales adaptados, no solo instalar un sistema operativo.
Referencias: theverge y Documento Google Onboarding cloud.







