Este cuento quizá sea uno de los clásicos más recordados de todos los tiempos. Generaciones y generaciones de niños han aprendido con él el valor del trabajo, y precisamente por eso no podía faltar.

Una hormiga afanosa recogía poco a poco miguitas de pan, troncos de árboless, ramitas, mondas de frutas y otras menudncias una calurosa tarde de verano.

Cerca de allí, una cigarra, alegre, cantaba sin cesar bajo la sombra acogedora de los árboles.

Y así, día tras día, la cigarra, mirando con compasión a la pequeqa hormiga, cantaba día tras noche. La cigarra sentía demasiado calor para trabajar.

Entre tanto, la hormiguita seguía infatigable recogiendo y recogiendo para llenar hasta el tope sus graneros, en previsión de los helados días de invierno, en que no se encuentra comida por los caminos.

Pronto terminó el calor, y vino el otoño, y antes de que la despreocupada cigarra se diera cuenta, llegó el invierno, con sus fríos, sus vientos y sus nieves.

Y la cigarra no encontraba nada para llevarse a la boca, por más que buscaba por todos lados. Nada le ayudaba a subsistir.

Muy preocupada por su situación, se fue derecha a casa de su vecina, la hormiga.

-¿Qué quieres, cigarra?

-Por favor, préstame algún alimento, porque me estoy muriendo de hambre. Te prometo que te lo devolveré antes de agosto, y con sus correspondientes intereses.

Pero la hormiga era desconfiada.¿Y si la cigarra la estaba engañando y luego no se lo devolvía? Además, el reunir el alimento para el invierno le había costado mucho trabajo.

-¿Pero cómo es que no tienes comida?¿Qué hiciste durante el verano?

-¡Ay! Pues yo estaba a la sombra de los árboles.

-¿Y qué hacías allí?

-Cantaba y cantaba noche y día.

Y al oír estas palabras, la laboriosa hormiga cerró las puertas de su casa a la cigarra perezosa, mientras le decía:

-Pues si durante el verano cantaste, ahora puedes bailar.

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