María Florencia de la Mar Cansada era una abuelita de 95 años que un día decidió volver a la escuela porque se le había olvidado cómo era ser una niña.

Cuando llegó al parvulario de la mano de sus tataranietos, la maestra dijo muy sorprendida:

—Pero cómo ¿traéis a la abuelita?

—Sí —contestaron—, traemos a Abuelita Niña, María Florencia de la Mar Cansada.

Y Abuelita Niña se sentó a la mesa con dos o tres niñitos. Tenía las piernas tan largas comparadas con las de los parvulitos que los pies le salían por el otro lado, mostrando sus zapatillas nuevas de pana.

La maestra dijo:

—A ver… Abuelita Niña, hoy haremos cuentas. Aprenderemos que 1+1 es… Abuelita Niña, ¿cuánto es? ¿Cuánto es 1+1?
La abuelita  bajó la cabeza y se mantuvo en silencio. Lo sabía, pero no quería contestar porque estaba allí para ser una niña otra vez, y ya se sabe que las niñas y los niños que van al parvulario no tienen por qué saber cuánto son 1+1.
A sus compañeros de clase les encantaba el cabello blanco de María Florencia de la Mar Cansada, y pensaban cuánto tiempo tardarían ellos en tenerlos así.

A veces, se ponían a su lado y como si mirasen a través de una lupa, le contaban las arrugas….

—Una, dos, tres, cuatro…

Pero… pronto se cansaban. Abuelita Niña tenía muchas, muchísimas arrugas…

—La piel arrugada —les decía a los niños— es como la corteza de algunos árboles. ¿Habéis visto cómo son los troncos de los pinos? Arrugados…

—¡Pues a lo mejor es que tú eres un pino! —decían los niños gritando y jugando a su alrededor.

—¡Pues a lo mejor…! —contestaba Abuelita Niña, y se reía con ellos.

A punto de terminar el curso, Abuelita Niña ya sabía otra vez lo difícil que era para un niño distinguir entre «diez» y «una docena», y lo dificilísimo que resultaba aprender que la palabra «zanahoria» lleva «h» en la mitad. Y también volvió a  recordar qué sabor tenían los chicles y cómo se hacían globos redonditos que explotaban y se pegaban a la nariz, y cuando hurgaba en sus bolsillos encontraba miguitas de pan, porque los niños—como si fueran pajarillos— siempre llevan miguitas de pan en los bolsillos.

Y hasta el último día sus compañeros de clase que a veces le pedían prestado el bastón, le pidieron que hiciera magia, esa magia que sólo ella podía hacer, que era: quitarse la dentadura y volvérsela a poner.

Autor: Pilar Alberdi

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