Érase una vez un lagarto viajero que se sentó a descansar a la orilla de un río y se quedó dormido. Cuando despertó, se encontró rodeado de un montón de lagartos que lo observaban.

–          Buenos días, me llamo LULÚ –les dijo sonriente.

Entonces uno de ellos le preguntó:

-¿De dónde has salido? ¡Eres muy raro!

Lulú respondió:

–          Vengo de una pradera muy lejana, y no sé por qué me encuentras raro.

–          Tienes lunares de colores en la piel y los lagartos no son azules.

–          Eso es lo normal –le contestó.

Lulú se rió mucho. Exclamó:

–          Los lagartos pueden ser de colores muy distintos. Donde yo vivo todos son como yo.

–          No es fácil entenderte, hablas como si cantaras –añadió.

–          Es cierto, también hay lagartos de voz suave como la brisa, fuerte como el trueno, alegre como el agua de un manantial –comentó Lulú.

De pronto, el lagarto se adelantó gritando:

-Mientras, yo creo que estás enfermo y nos contagiarás a todos.

Otro explicó:

–          Yo creo que estás mal de cabeza o eres algo tonto.

–          ¡Está enfermo!¡Nos contagiará!¡Es tonto! –murmuraban entre sí.

Entonces, Lucho, un pequeño y esmirriado lagarto del que todos se reían, venciendo su timidez, le preguntó:

–          ¿Te gustaría venir a mi casa? Me gustaría ser tu amigo.

Lulú fue hasta su casa, que era un agujero en el tronco de un haya y allí charlaron horas y horas… y los dos se sentían muy contentos. Cuando se hizo de noche, los lunares de Lulú empezaron a brillar en la oscuridad.

–          Vaya, eres realmente especial –le dijo su amigo Lucho sonriendo.

–          Solo soy diferente, eso es todo –respondió Lulú algo molesto.

Nadie más hablaba con Lulú y él se sentía muy triste. Pero un día un lagarto se perdió en el bosque al atardecer, cuando ya apenas se veía nada. Los lagartos más importantes se reunieron para pensar de qué forma podrían salvar al lagarto. Entonces, vieron que una luz se acercaba corriendo hacia ellos. Era Lulú, que venía a ofrecerse para buscar al pequeño lagarto. Pensaron en lo mal que se habían portado con él  y sintieron vergüenza. Pero Lulú les guió con su luz, sin rencor, a través del bosque.

Por fin, encontraron al lagarto y se pusieron muy contentos a cantar y a bailar.

Todo fue gracias a los lunares de colores de Lulú, que tan raros le habían parecido al principio. Y cuando mejor lo estaban pasando… ¡Ring, ring!

–          ¡Daniel, levántate! ¡Se hace tarde para ir al colegio! ¡Qué pena! ¡Solo era un sueño! Aunque Daniel no está seguro del todo.

Desde ese día es el mejor amigo de Li-Chen, el niño nuevo del curso, al que todos miran de reojo. Y consiguió que los niños de la clase le quisieran y empezaran a mirarle con cariño. Incluso Li-Chen se ofreció a enseñarle unas canciones preciosas que eran de su país.

¡Lo que se rieron por no saber pronunciarlas!

Y alguna vez, de tarde en tarde, a Daniel se le escapaba una sonrisa y muy suave le llama Lulú.

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